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El Gato

¡Son sirenas de la policía! Ramón Mendoza, El Gato a las justas ha pegado los ojos, la desesperación lo hace brincar de la cama y tomar todo lo de importancia, la billetera con las fotos, el dinero, el arma. El ulular simétrico de las sirenas no es ajeno al barrio, es parte de la escenografía. Pero hoy El Gato sabe que lo buscan a él. Las siente acercándose por la avenida. ¿Se tendrá que despedir de una vez? Quizá ni tenga tiempo para eso, se pega a la puerta y abre despacio una rendija. El callejón está oscuro, hay silencio afuera. Puede salir ahora y si no fuera el momento correcto, una lluvia de balazos acabarían con su vida. Qué feo fiasco, abatido en la puerta de su casa. Su cadáver mutilado por el acero sería lo primero que vería su madre al salir. Hasta la imagina regalándolos a putamadres, ahogada en llanto. No, no le hará eso. Tenía que venir a verla y se irá tan elegante como siempre. Le da un beso y ella lo bendice entre sueños. Su bata huele a aderezos. -Un d...

Criaturas de la Noche

Eran las siete de la noche. De fondo, la planta de procesamiento de alimentos de harina de pescado, brilla como una fiesta industrial. Una fea y negruzca masa de cemento que no tiene nada de atractivo en el día y de la que podríamos olvidarnos si no oliera de vez en cuando a pescado. En medio, todo a oscuras, los campos de caña, escasos ya por las áreas urbanizadas. No existe alumbrado eléctrico desde la pared de la antigua hacienda hasta la carretera. Mientras los vecinos descansan en la aparente tranquilidad de sus casitas de ladrillos, las alimañas emergen de la oscuridad, retozando libres entre la yerba. Tienen el color del barro y apestan a acequia. Se comunican con silbidos de todas las escalas. Chamay, el hijo del lechero, que es el único que tiene una casita entre el límite de la urbanización y las chacras, cuenta que las orejas de algunos de estos seres cortan como las hojas de la caña, por eso conviene no acercarse. “Sabemos que están saliendo cuando las vacas de...

Irenismo

Es una mesa rodeada de universitarios engreídos y listos, tomando tragos. Uno de ellos levanta la mano y llama al mozo de un chasquido «¡Oye!» le grita, «limpia la mesa y trae tres más, rapidito que estoy con sed»; sus amigos se miran, luego esquivan; nadie dice nada… para no importunar. —¿Dónde está el beneficio de no denunciar una grosería, una presunción? —En llevar la fiesta en paz, pero… —Shht, ¡Calla! no seas imprudente.                       ------------------- Mi padre era un abusivo, quizá fue su generación, la vida militar, o ignorancia. ¿Cómo se pretende corregir un error si falta confianza, para hacerlo notar? Nos azuzaba a realizar las cosas como a soldados; limpiar la casa, un partido de ajedrez, al monopolio; cualquier labor en la que cogiera la batuta, era tortuosa. No faltaban insultos, y no se medía frente a los más jóvenes, pero si ante otros adultos. Por e...

Robots

—¡Estoy aquí porque no temo perder la vida!  El Sargento Venero le dedica al Serrano una mueca de desprecio y continúa pasando revista. A dedo, —paso al frente— los insta a presentarse con arengas. Todos patriotas orgullosos elementos del Destacamento Héroes del Cenepa - Sinchis 04, designados a operaciones de Investigación Biónica y Cibernética.  —¡Santo infierno! ¡No me hace orgulloso saber que integro un grupo de maricas!  —dice Venero Su andar no tenía nada de marcial, más bien revelaba la chabacanería del aburrimiento. En la tablilla de control físico falsificaba nombres, tallas, marcas; lo supe porque es de aquellos que recitan mientras escriben. Y decía cualquier cosa después de que nos llamaba por algún rasgo étnico o defecto sobresaliente: Serrano, Gringo, Bembón, Chupapollas, -para las mujeres-, y así. —¡No existe forma de defenderse sin matar, Señor! —dice el Gringo. Venero escupe muy cerca de sus botas y sigue pasando lista. Hace ...

Cuento de Terror en el Perú- Parte 1: Parias

Aníbal Quispe despierta con la primera luz. El calor quema en sus fosas nasales, parece respirar ceniza. No sé si el mindfulness le funcione ahora que lo que menos necesita es acordarse de lo jodido que es respirar en el Cerro Parias bajo un Sol de Enero. En Los Symbelmynes hace un calor del demonio donde no puedes dejar de tomar algo helado por piedad. A veces piscinazo. A veces el mar. A veces aire acondicionado. Aníbal Quispe y el aire ceniciento de sus tres metros cuadrados de estera y latas, más el corralón de arena y botellas de plástico que le decoran el paisaje, tienen diecisiete años. Nació con la invasión y heredó la hacienda al fallecer su madre, junto al negocio del reciclaje. ¿Has visto entrando a Trujillo, las lucecitas de la ciudad formadas en el extenso tablero? Pero no has visto las mismas lucecitas desde el cerro. Te crees citadino porque vives en la ciudad, una que no conoces. Si no has visto las luces de la ciudad desde el cerro Parias, no has...

La Parábola Perfecta

En un arrebato, Cleo echó a correr dando trancos fuertes y seguros, como en una danza de guerra mística. Mirada felina al frente. Obcecada por la hazaña, que es objetivo incomprensible para el resto de los sobrevivientes. Por eso deja atrás sus miradas y gritos de zozobra, que son también bombas lacrimógenas desfavorables. Ha apagado emociones, empatías y cualquier tipo de apego material, permitiendo así que entre toda la luz que pueda albergar. Y con ella, la Fuerza. La maquinaria ahora es un dínamo: mente y cuerpo en un ciclo energético brillante. La sangre es un cálido fluir de poder, y el corazón bombea. El corazón retumba en altisonante tambor de guerra: Lub-dub, Lub-dub. Ya nada puede detenerla. Apartado de allí, como a 300 metros de distancia, un muchacho, ajeno a lo que está sucediendo hurga en el devastado terreno. Todo pensativo, colecta pedazos de madera, palos y cosas que sirvan como leña: Es Saúl, el líder autoproclamado, a falta de otros huevos.  De repente, ...

El que esté libre de pecado...

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EL QUE ESTÉ LIBRE DE PECADO ¡Que se comían a sus propios hijos! Que cogían entre hermanos bajo ritos salvajes. Con banquetes de cuerpos consagrados y vino, cantan alabanzas en idiomas ininteligibles. Esta noche renegrida, igual que las anteriores; los monjes del acantilado recitan sus misas inmorales sobre cientos de asustados oidores. Que los pobladores de Vitualla de la Pavionda no soportan más. Sus escuálidos niños insomnes, y las mujeres, ¡oh las mujeres! de rostros desencajados por el miedo y eternas lágrimas sobre ojos morados, deambulan rutinarias como ánimas. Quien sabe qué otros golpes escondidos bajo el mismo vestido miserable lavado y sin lavar las adornan. Porque  hombres, corajudos, responsables trabajadores de manos callosas y espaldas gibadas, reventados por la preocupación y el estrés se han vuelto más violentos, piden perdón a sus mujeres todas las noches después del religioso desquite. —¡Es la culpa de los monjes del acantilado! —¡Que mueran los hijos...