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Mostrando las entradas de noviembre, 2017

La Parábola Perfecta

En un arrebato, Cleo echó a correr dando trancos fuertes y seguros, como en una danza de guerra mística. Mirada felina al frente. Obcecada por la hazaña, que es objetivo incomprensible para el resto de los sobrevivientes. Por eso deja atrás sus miradas y gritos de zozobra, que son también bombas lacrimógenas desfavorables. Ha apagado emociones, empatías y cualquier tipo de apego material, permitiendo así que entre toda la luz que pueda albergar. Y con ella, la Fuerza. La maquinaria ahora es un dínamo: mente y cuerpo en un ciclo energético brillante. La sangre es un cálido fluir de poder, y el corazón bombea. El corazón retumba en altisonante tambor de guerra: Lub-dub, Lub-dub. Ya nada puede detenerla. Apartado de allí, como a 300 metros de distancia, un muchacho, ajeno a lo que está sucediendo hurga en el devastado terreno. Todo pensativo, colecta pedazos de madera, palos y cosas que sirvan como leña: Es Saúl, el líder autoproclamado, a falta de otros huevos.  De repente, ...

El que esté libre de pecado...

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EL QUE ESTÉ LIBRE DE PECADO ¡Que se comían a sus propios hijos! Que cogían entre hermanos bajo ritos salvajes. Con banquetes de cuerpos consagrados y vino, cantan alabanzas en idiomas ininteligibles. Esta noche renegrida, igual que las anteriores; los monjes del acantilado recitan sus misas inmorales sobre cientos de asustados oidores. Que los pobladores de Vitualla de la Pavionda no soportan más. Sus escuálidos niños insomnes, y las mujeres, ¡oh las mujeres! de rostros desencajados por el miedo y eternas lágrimas sobre ojos morados, deambulan rutinarias como ánimas. Quien sabe qué otros golpes escondidos bajo el mismo vestido miserable lavado y sin lavar las adornan. Porque  hombres, corajudos, responsables trabajadores de manos callosas y espaldas gibadas, reventados por la preocupación y el estrés se han vuelto más violentos, piden perdón a sus mujeres todas las noches después del religioso desquite. —¡Es la culpa de los monjes del acantilado! —¡Que mueran los hijos...