La Parábola Perfecta
En un arrebato, Cleo echó a correr dando trancos fuertes y seguros, como en una danza de guerra mística. Mirada felina al frente. Obcecada por la hazaña, que es objetivo incomprensible para el resto de los sobrevivientes.
Por eso deja atrás sus miradas y gritos de zozobra, que son también bombas lacrimógenas desfavorables.
Ha apagado emociones, empatías y cualquier tipo de apego material, permitiendo así que entre toda la luz que pueda albergar. Y con ella, la Fuerza.
La maquinaria ahora es un dínamo: mente y cuerpo en un ciclo energético brillante.
La sangre es un cálido fluir de poder, y el corazón bombea.
El corazón retumba en altisonante tambor de guerra: Lub-dub, Lub-dub. Ya nada puede detenerla.
Apartado de allí, como a 300 metros de distancia, un muchacho, ajeno a lo que está sucediendo hurga en el devastado terreno. Todo pensativo, colecta pedazos de madera, palos y cosas que sirvan como leña: Es Saúl, el líder autoproclamado, a falta de otros huevos.
De repente, el viento le trae los gritos desesperados de sus compañeros, y sin pensarlo suelta el atado que anduvo engordando, para correr con todas sus fuerzas en dirección del peligro. Hacia el campamento. Formación puesta de manera estratégica en el baden cortado a tajo por una abismal grieta.
Con estupor, puede divisar una figura de mujer que se precipita hacia dicha grieta. Recibe esta imagen con tal inspiración de vértigo, que le ahoga y resta ímpetus. Entumecido, pesadas cada vez más las piernas, temblando por algún recuerdo que lo intoxica; no ha logrado ver de quien se trata, pero lo presiente.
I
Desde que meses antes, asomaron sus nerviosas narices fuera del Campus Universitario; mudos y extraviados, contemplando el Apocalipsis como borrosos negativos de sí mismos; caminaron hasta alejarse del núcleo urbano sin mirar atrás, ni detenerse a pensarlo; se sacudieron la nostalgia como del polvo y las cenizas; asi avanzaron. Había carbón y escoria por doquier. Su trayecto estaba pintado de chamusquina, que ya iba siendo el característico de la ciudad. Volutas de humo negro ascendían caprichosas por entre los pedazos de edificios. Como el aliento de la calavera y su raída dentadura.
Y Nadie.
Tropezando, a veces a gatas; evitan tizones enrojecidos y hogueras en voraz extinción, sin encontrar más. Salvo a esos, si es que pueden ser alguien las desagradables visiones con las que ahora compartían territorio en este Fin: Los esqueléticos y chamuscados cadáveres de los «sentenciados», nuestra versión regional del muerto viviente. Muchos no tenían rostro ni ojos, difícil saber si se orientaban por el olfato o escuchaban algo y ya que eran muy pocos los que aún podían desplazarse, fue fácil controlarlos.
Más allá en el horizonte, los brillantes colores de la campiña les parecieron augurio de una salida o al menos un refugio, y avanzaron hacia allá como acémilas, encima de renegridas calles que ya no son; galletas de muertos, galletas de automóviles, bicicletas, cochecitos; confitura de vidrio con ladrillos y losetas de colores.
No pensar, no parar; no morir. Fueron dejando atrás la chamusquina, con el angustioso descubrir de que habían fabricado sus esperanzas, sobre la visión de unas cuantas casitas en la salida de la ciudad que el fuego no había alcanzado. De eso se trató el colorido que los animó a caminar dos días, ampollados y sin descansar.
Y nadie, y nada. Ningún vivo, silencio, y… el extraño sonido del viento como la exhalación de una inmensa garganta.
Avanzaron unos pasos más en dirección de ese sonido; y así es como dieron con la “LA GRIETA”, aquella enorme falla que los aislaba de una forma que no alcanzarían a determinar aún, del resto del continente. Un golpe bajo a sus atisbos de esperanza.
Hambrientos e insolados, se desplomaron ahí mismo. Si no murieron en el Campus durante el asedio, enterrados bajo los escombros; tampoco morirían ese día tendidos a campo traviesa.
Los días que siguieron, dados en la tarea de recorrer varios kilómetros buscando un cruce, se iban acumulando de “Nadies” y “nadas” muy corrosivos, poco saludables. Fue entonces que Cleo les mencionó su interés en La Grieta:
—Mide 3.74 metros cerca al badén —dijo, —y yo puedo saltarlos.
En ese entonces Saúl pensó que la desgracia empuja a cada individuo a desarrollar instintivos mecanismos de preservación, y Cleo no era un caso aislado. Cuando la encontraron, un ovillo de nervios que de continuo se dejaba dominar por miedos irracionales; los puso en peligro muchas veces con sus repetidos shocks.
¡Qué se le podía reprochar!
¡Qué en este horrible Fin, no escapa a toda razón!
Hasta el día en que chocaron con la fisura, que algo en Cleo trascendió. Primero, fue el interés desmedido por el abismo: entonces lo observaba haciendo estimaciones a dedo, definiendo trayectorias imaginarias y la dirección del viento. La vieron contar pasos, marcando cada distancia con tiza. A la par de su ingeniería misteriosa, adicionó una concienzuda rutina de ejercicios y meditaciones, con los que llenaba por completo su día. Para ese momento ya interactúaba cada vez menos con los demás.
A nadie se le ocurrió que todo a lo que había estado abocada y lo que presenciarían después, su carrera hacia la muerte; se tratasen de la misma cosa.
II
Han pasado 187 días. Ahora Cleo está allí cerca al abismo, a poco de llegar al borde; les parece que el tiempo ha ralentizado los 13 segundos más agobiantes de sus vidas. Saúl cae de rodillas lejos de poder llegar a tiempo para detenerla y se aferra a la tierra hundiendo los dedos.
—¡Por favor! —le grita con los ojos cerrados intentando cortar lágrimas impertinentes, su mandíbula es una cárcel de ira. Ya no sabe a quién toca dirigir sus súplicas en este mundo enfermo. Y piensa en su pequeña hermana, en Estefanía; que está también en el campamento, ojalá alguien se apiade y no le permita ver esto.
Ajena a todo, prosigue su obstinada carrera. Y chanca el penúltimo paso, para dar con el que sigue un salto lo suficiente de alto que le permitió soltar tres rápidas y vehementes pataleadas.
Desde que sintió que había logrado elevarse más de lo previsto, el resto fue magia pura; sólo levantó los brazos y comenzó a agitarlos para darse impulso, se diría que hasta con cierta gracia.
Cuán cerca se sintió del Sol, cómo haber estado tanto tiempo ignorando su paternidad y su fuerza. Jamás dejó de brillar para ellos, que se consumían ante un estúpido hueco.
Saúl, ahí clavado a cuatro patas, la vio volar en una parábola perfecta.
Ni con las justas, o en un pequeño margen de tierra. Del otro lado, lejos, muy lejos del filo Cleo aterrizó lanzada hacia adelante con violencia y de cabeza. Mientras Estefanía, hermana de Saúl, la única persona que no se preparó para una tragedia contemplaba el espectáculo casi con placer. Cuando la osada saltadora olímpica pudo por fin incorporarse y se sacudió la tierra cruzaron miradas; sonriente y agradecida por esos ojos llenos de convicción se dejó estar bajo la tibieza del astro rey preguntándose cuántas personas son necesarias para dar un salto de Fe.
Saúl, ojos al piso, pensó que tal vez, no tenía tantos huevos.
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