Cuento de Terror en el Perú- Parte 1: Parias
Aníbal Quispe despierta con la primera luz. El calor quema en sus
fosas nasales, parece respirar ceniza. No sé si el mindfulness le funcione
ahora que lo que menos necesita es acordarse de lo jodido que es respirar en el
Cerro Parias bajo un Sol de Enero.
En Los Symbelmynes hace un
calor del demonio donde no puedes dejar de tomar algo helado por piedad. A
veces piscinazo. A veces el mar. A veces aire acondicionado.
Aníbal Quispe y el aire
ceniciento de sus tres metros cuadrados de estera y latas, más el corralón de
arena y botellas de plástico que le decoran el paisaje, tienen diecisiete años.
Nació con la invasión y heredó la hacienda al fallecer su madre, junto al
negocio del reciclaje.
¿Has visto entrando a Trujillo,
las lucecitas de la ciudad formadas en el extenso tablero?
Pero no has visto las mismas lucecitas
desde el cerro. Te crees citadino porque vives en la ciudad, una que no
conoces. Si no has visto las luces de la ciudad desde el cerro Parias, no has
visto nada.
Aníbal, sólo ha tenido dos
pares de zapatos. Y las bromas de mi mamá encajan precisas; esa de -no se baña
desde que lo sacó la partera- o la de que -cuando por fin se bañó encontró el
polo que se le había perdido-, el calzoncillo… las medias.
Una vez fueron del Ministerio
de salud y dijeron que había una plaga de sarna...
—No lo sé— Se encoje de hombros
Aníbal.
A tenido rasca-rasca y carachas
desde que tiene uso de razón.
Uso de razón… Mirlo es gay y
vive en los Symbelmynes desde que tiene uso de razón; por eso viste a la moda
de Nueva York; no tiene carachas, nunca le ha picado mucho otra cosa y cuando
siente un poquito de escozor en la nariz, se medica. Es su mismo héroe.
Aníbal no distingue a los gays
entre chillidos, imprecaciones y obscenidades cotidianas y normales; en los
ojos de sus vecinos, blancos, rabiosos, melancólicos, fosforescentes en medio
de la mugre y las carachas. Los distingue después, cuando salen a lo Moulin
Rouge.
Aquí cada niño o niña debe aprender de supervivencia física y mental,
tanto si es abusado o no, aquí da igual.
Da igual si te mueres. Hay bebes
que se mueren y tú no te enteras. Ernesta que se atiborró de pasta se durmió
encima de su hija. Triste. Y Rulfa y La Nati, de quien no te enteraste tampoco
que Cáceres la violó, que es su media hermana.
—¿Será violación? —Pregunta
porque usted es leída, usted ha ido a la universidad. Porque a Nati le gustó,
por eso calladita no más se quedó la chibola.
En tres metros cuadrados,
cuando duermen medicados con alcohol y pasta para aliviar el estrés social;
hermanastros, tíos alcohólicos, padrastros, madres adolescentes, huérfanas de
adictas, niñas solas. Vuelve el humano a su natural ligereza.
Comer, cagar y morir.
Tú al morir no dejas semillas
como flores y vegetales. Tus hijos no son tus semillas. Aquí los hijos son lo
mismo que en todos lados: lucha por sobrevivir.
Como Paola, allá aquejada con
una depresión de grado hipocondríaco, lucha para levantarse todas las mañanas
para poder sonreírle a su hija, cuando la niñera la traiga a saludar.
Como Ernesta, Rulfa y Nati;
luchan para poder sonreírles a sus hijos vivos y muertos. Ellas no reciben
avisos del Baby Center, crían por instinto y después de ser acertadas y toscas
sin temor a traumatizarlos; saben que reír es la forma.
Paola va a la Universidad y las
otras tres van a la escuela, a la misma que Aníbal. No saben por qué, pero van
a la escuela. Será por una abuela, una con ocho dientes no más y que en sus
ochentaitantos de supervivencia magistral a inferido que estudiar es la primera
salida, sólo para que no te hagan tonto.
A Paola que estudia
Arquitectura y vio en TED eso de no ser tonta; le tomó veinte años llegar a
esta llave. Porque cree que estudiar y la información son un derecho. Cree,
porque siempre fue su derecho.
Constitución, derecho, todos.
Todos. La abuela no tiene
Internet; la abuela sabe por dieciocho nietos, que de gripes no se muere uno. De carachas
no se muere uno, de jugar entre cacas de perro y pichis de gato no se muere
uno. Y que la fiebre se baja con agua fría. Y que los niños se mueren aquí de
neumonía antes que de cáncer. Eso hasta el cerro no llega. Neumonía bendita.
Y sabe que los pobres no tienen
derechos.
FIN
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