El que esté libre de pecado...
EL QUE ESTÉ LIBRE DE PECADO
¡Que se
comían a sus propios hijos! Que cogían entre hermanos bajo ritos salvajes. Con
banquetes de cuerpos consagrados y vino, cantan alabanzas en idiomas
ininteligibles. Esta noche renegrida, igual que las anteriores; los monjes del
acantilado recitan sus misas inmorales sobre cientos de asustados oidores.
Que los pobladores de Vitualla de la Pavionda no soportan más. Sus escuálidos niños insomnes, y las mujeres, ¡oh las mujeres! de rostros desencajados por el miedo y eternas lágrimas sobre ojos morados, deambulan rutinarias como ánimas. Quien sabe qué otros golpes escondidos bajo el mismo vestido miserable lavado y sin lavar las adornan. Porque hombres, corajudos, responsables trabajadores de manos callosas y espaldas gibadas, reventados por la preocupación y el estrés se han vuelto más violentos, piden perdón a sus mujeres todas las noches después del religioso desquite.
—¡Es la culpa de los monjes del acantilado!
—¡Que mueran los hijos deformes del infierno!
—¡También hay mujeres! Mujeres que se niegan a procrear por culpa de las enseñanzas de esos herejes y solo mantienen relaciones por gusto del cuerpo —Un coro de horror sucede a esta nueva acusación
Que los pobladores de Vitualla de la Pavionda no soportan más. Sus escuálidos niños insomnes, y las mujeres, ¡oh las mujeres! de rostros desencajados por el miedo y eternas lágrimas sobre ojos morados, deambulan rutinarias como ánimas. Quien sabe qué otros golpes escondidos bajo el mismo vestido miserable lavado y sin lavar las adornan. Porque hombres, corajudos, responsables trabajadores de manos callosas y espaldas gibadas, reventados por la preocupación y el estrés se han vuelto más violentos, piden perdón a sus mujeres todas las noches después del religioso desquite.
—¡Es la culpa de los monjes del acantilado!
—¡Que mueran los hijos deformes del infierno!
—¡También hay mujeres! Mujeres que se niegan a procrear por culpa de las enseñanzas de esos herejes y solo mantienen relaciones por gusto del cuerpo —Un coro de horror sucede a esta nueva acusación
— ¡Es
verdad! ¡Es verdad! Y por todo eso:
—¡Hay que quemarlos!
Escupiendo imprecaciones de baba verde y viscosa, hachas en mano, palos, antorchas, botellas de caña y calabacitas de coca, marcha el pueblo embrutecido a dar justa solución. Al llegar, que fiasco al llegar. Estaba el mismo templo en ruinas, quemado de la otra vez, donde padecieron ya antes dieciséis monjes y cinco misioneros, ajusticiados. No hay más ¿Y ahora qué hacemos? Un setentón tambaleante, al que acompañan su mujer, muy muy joven, que es casi una niña y ocho críos pequeños; tira la primera piedra. Total, ya estamos aquí. Todos los demás lo siguieron.
—¡Hay que quemarlos!
Escupiendo imprecaciones de baba verde y viscosa, hachas en mano, palos, antorchas, botellas de caña y calabacitas de coca, marcha el pueblo embrutecido a dar justa solución. Al llegar, que fiasco al llegar. Estaba el mismo templo en ruinas, quemado de la otra vez, donde padecieron ya antes dieciséis monjes y cinco misioneros, ajusticiados. No hay más ¿Y ahora qué hacemos? Un setentón tambaleante, al que acompañan su mujer, muy muy joven, que es casi una niña y ocho críos pequeños; tira la primera piedra. Total, ya estamos aquí. Todos los demás lo siguieron.
FIN

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