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—¡Estoy aquí porque no temo perder la vida! 

El Sargento Venero le dedica al Serrano una mueca de desprecio y continúa pasando revista. A dedo, —paso al frente— los insta a presentarse con arengas. Todos patriotas orgullosos elementos del Destacamento Héroes del Cenepa - Sinchis 04, designados a operaciones de Investigación Biónica y Cibernética. 
—¡Santo infierno! ¡No me hace orgulloso saber que integro un grupo de maricas!  —dice Venero
Su andar no tenía nada de marcial, más bien revelaba la chabacanería del aburrimiento. En la tablilla de control físico falsificaba nombres, tallas, marcas; lo supe porque es de aquellos que recitan mientras escriben. Y decía cualquier cosa después de que nos llamaba por algún rasgo étnico o defecto sobresaliente: Serrano, Gringo, Bembón, Chupapollas, -para las mujeres-, y así.

—¡No existe forma de defenderse sin matar, Señor! —dice el Gringo. Venero escupe muy cerca de sus botas y sigue pasando lista.

Hace doce días que bajamos de la Clínica de Monitoreo Físico en la montaña, y el dolor en la nuca me da qué pensar, es como un piquete de insecto muy inflamado, no creo poder soportar otra dosis de G-16 (vasodilatador y anticoagulante). Casi no hablamos entre nosotros, el Sargento nos tiene a tope con lo de «refritos», «malgastos» y otras linduras que siempre desea otorgarnos mientras ejecutamos las rutinas.
Sumar los días con él es una hazaña que nos va arrastrar a la muerte. Nos queda acoger resignados lo que toca.

—¡Por mi familia!¡ Por la Libertad!
No le falta a cada día su juego de arengas. El Sargento resopla burlón y se echa aire mientras camina.

Entonces pasó...
Fue cuando Bembón empezó a correr y gritar:
—¡Puedo recordar! —, lloraba y dejaba polvo tras de sí alejándose sin orden. 

Venero sacó su pistola y le metió un tiro. Seco no más. Entonces supimos que toda esa inquina no era sólo para inventarse una pose brutal, ¡en verdad era un sádico y volaba!
Le vació la carga al hombre, pero eso no fue lo peor. Bembón se sacudía en movimientos exagerados y repetitivos, cómo esos juguetes a pilas que tienen algún tipo de andar y aún después de caer continúan con el mecanismo. Podíamos oír un jaleo hidráulico entre cada sacudida. La última bala le dio en la cara y vimos brillar tras la piel destrozada que aún la envolvía, un atisbo de metal como el esqueleto de un híbrido.
En un impulso colectivo nos tocamos «aquel sitio» en la nuca. 
—¿Alguien más que quiera acordarse de algo? —dice Venero con ojos de verdugo.
En silencio escuchamos algo más de las extrañas imprecaciones Veneriles sobre el desperdicio de material que esto le significaba al estado.
Mi nombre es Igor Marsala, aún no sé lo que significa ser un «refrito» o si pronto, o más tarde seré un «malgasto para el estado» también. Mientras   caminamos como perros detrás del sargento buscando excusas para existir. 

FIN

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