Criaturas de la Noche


Eran las siete de la noche. De fondo, la planta de procesamiento de alimentos de harina de pescado, brilla como una fiesta industrial. Una fea y negruzca masa de cemento que no tiene nada de atractivo en el día y de la que podríamos olvidarnos si no oliera de vez en cuando a pescado.

En medio, todo a oscuras, los campos de caña, escasos ya por las áreas urbanizadas. No existe alumbrado eléctrico desde la pared de la antigua hacienda hasta la carretera. Mientras los vecinos descansan en la aparente tranquilidad de sus casitas de ladrillos, las alimañas emergen de la oscuridad, retozando libres entre la yerba. Tienen el color del barro y apestan a acequia. Se comunican con silbidos de todas las escalas.

Chamay, el hijo del lechero, que es el único que tiene una casita entre el límite de la urbanización y las chacras, cuenta que las orejas de algunos de estos seres cortan como las hojas de la caña, por eso conviene no acercarse.
“Sabemos que están saliendo cuando las vacas de la hacienda empiezan a ponerse inquietas”, me dijo.

Sus historias despertaban mi atención mas que las de los demás niños del barrio. Mi mamá no me dejaba salir más de las seis, así que me dediqué a la observación exhaustiva de estos hechos desde mi ventana. Aún no he visto ningún duende o alimaña de las que dice Chamay. Todos los días antes de acostarme (que es bien tarde) disfruto un rato oteando en las tinieblas, por si un día tenga suerte. Estoy preparada con mi cámara, lápiz y papel y mi celular en grabación de audio.

Pero un día - ¡te lo juro Minerva que vi algo espeluznante! -me contó Chamay. No eran duendes lo que se movía veloz entre las cañas. Al principio era una idea que surgía del zarandeo de las varas verdes, hasta que entrevió sus orejas: eran aletas membranosas de aspecto húmedo, como el de la lubricidad de los pescados.
Aunque les parezca absurdo, esa parte de su relato no fue lo que despertó mis temores, sino lo extraño de la locomoción de ese espantajo. Dijo que se arrastraba… no con la elegancia de una serpiente, sino replegándose sobre el cuerpo para adelante una y otra vez como las babosas. Y ese era el color -apuntó Chamay, exaltado -que tenía aquel horror nocturno que iba acercándose a la vecindad a paso acelerado, rosa lechoso casi despintado, a ratos translúcido.

Así que monté guardia con mas interés, apenas si dormía. Pero dio sus frutos. Logré ver aquella noche algo que ha permanecido en mis recuerdos hasta hoy, tan nítido como si todos los días despertara de la misma pesadilla.
Después de cenar me aposté junto a la ventana aguardando un buen rato, hasta que distinguí tal y como dijo el niño, una corriente en el cañaveral, que lo surcaba a gran velocidad. La cosa que provocaba todo ese movimiento se detuvo y mostró una parte de su fisonomía.
Era ciega. No como un topo, sino que no tenía ojos en el lado que podría tomarse por cara, en su lugar, el de la frente, los pómulos, la nariz, tenía una gran ventosa de bordes carmesí. Dentro, se veían filas de anillos de pequeños pólipos como dientecitos.
Continuó hasta toparse con la pared de la chacra, las hojas de la caña se agolpaban contra el muro de adobe, a las justas se veía algo húmedo de aspecto lechoso sobresaliendo entre ellas, hasta que se levantó otra vez. Movía el torso con dificultad y sin solidez, como algunos animales que sólo desarrollan este tipo de elevación para otear. No era tan alta para mirar sobre el muro, sin embargo, percibía la corriente de la acequia, lo sé porque reaccionaba ante cada ligero chapoteo. A tres pasos había una boca de tubería pegada a la pared. Quizá era el desfogue de una casa. La criatura se acercó y comenzó a constreñirse para meterse en el tubo. Toda su masa, que hasta antes de eso era del tamaño de una persona, se había introducido no sin dificultad.

Di un paso atrás del puro sobrecogimiento. Hasta me vinieron unas nauseas en situación que jamás experimenté, nauseas de miedo.
Cerré la ventana y la puerta de mi habitación, mi mente empezó a volar ¿a dónde iba la criatura? ¿por dónde saldría? Y sobre todo, qué era aquello que la llamaba a nuestro barrio.
Apagué las luces y volví a mi puesto esperando alguna señal de su presencia en el vecindario, golpes, gritos. La noche continuó en sus ruidos etéreos. Después de algunos minutos la tubería se sacudió escupiendo con torpeza una masa rosácea que se internó en los cañaverales y desanduvo su camino hasta perderse, quien sabe de qué lodazal podrido habrá salido eso.

No pegué el ojo en toda la noche. Al día siguiente, discutimos con Chamay acerca de su procedencia. El camino por el que solía venir la criatura correspondía al de la Planta de Procesamiento pasando la carretera.



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