El Gato


¡Son sirenas de la policía!

Ramón Mendoza, El Gato a las justas ha pegado los ojos, la desesperación lo hace brincar de la cama y tomar todo lo de importancia, la billetera con las fotos, el dinero, el arma. El ulular simétrico de las sirenas no es ajeno al barrio, es parte de la escenografía. Pero hoy El Gato sabe que lo buscan a él. Las siente acercándose por la avenida.
¿Se tendrá que despedir de una vez? Quizá ni tenga tiempo para eso, se pega a la puerta y abre despacio una rendija. El callejón está oscuro, hay silencio afuera. Puede salir ahora y si no fuera el momento correcto, una lluvia de balazos acabarían con su vida. Qué feo fiasco, abatido en la puerta de su casa. Su cadáver mutilado por el acero sería lo primero que vería su madre al salir. Hasta la imagina regalándolos a putamadres, ahogada en llanto. No, no le hará eso. Tenía que venir a verla y se irá tan elegante como siempre.
Le da un beso y ella lo bendice entre sueños. Su bata huele a aderezos.

-Un día te sacaré te aquí mi vieja
-Con esa vida que llevas… -dice más dormida que despierta. La escucha carraspear un poco, luego ella se vuelve con pesadez. A pesar de la edad y lo precario de su vida la mamá del Gato es gorda.

Ramón se santigua en la estampita detrás de la puerta y asoma su cabeza al callejón buscando rutas de escape. No hay. Están muy cerca, ya dieron vuelta al óvalo. ¿Y si me entrego? Piensa, vuelta en chirona, vuelta a las drogas sucias, al licor escondido en las letrinas, a los culos cagados. No madre.
Echa a correr hacia el fondo, pero es tarde, los zapatos de suela dura de los guardias claquetean en el cemento pulido de las aceras, hacen ecos larguísimos en la noche. ¡Escandalosos! sólo es un hombre. Uno que ha robado un banco. 
Piensa meterse en cualquiera de las covachas y salir por atrás, recuerda que la casa de las negras tiene techo abierto por lo de la cocina de kerosene y hacia allí va. Pero la negra de mierda ha atrancado su puerta, está de amante con un sargento dicen. Los siente muy cerca, como fantasmas estirando sus brazos entre las sombras para alcanzarlo. El sudor lo ha empapado en segundos y una especie de locura alojada en la nuca le hace avizorar ladrillos, faros, puertas, con una claridad que no parece de este mundo. Le pesa la pistola más que todo el cuerpo, aprieta fuerte por última vez a la compañera que ha cogido tibieza en su mano y la deja caer.

- ¡Quédese ahí! -gritan los guardias apuntando enfurecidos. Se han parado a mitad del callejón. El espacio es muy cerrado para enredarse en una balacera. Las campanas de la iglesia anuncian las doce, el Gato ve las bocas vociferantes debajo de los quepís lanzando hilos de baba. Los talanes se acompasan con cada uno de sus movimientos. Se da la vuelta, pica hacia la pared del fondo y da un salto inverosímil con el que se encarama a los ladrillos pelados, trepando como un animal extraño y gigante ante las bocas abiertas de los gendarmes.
Aunque sueltan un disparo, el Gato ya ha superado los tres metros del muro descolgándose hacia el otro lado.

- ¡Vamos! -dice uno.
Es joven, las panzas de los otros comienzan a rezongar. El entusiasta escupe. Ahora tienen otro problema, los vecinos asoman sus caras envenenadas de odio y pobreza. 
-Deja -dice otro guardia, escupe marcando territorio y se restriega la nariz. -Ahí se va a meter a Huatica y alguna puta lo va esconder entre sus nalgas.

Se retiran abriendo las axilas, balanceando el arma con gesto déspota. Conocen el barrio, por ahí vivía uno del cuartel. Ese barrio es fino.
Todos vuelven a sus casas. Mañana habrá algo que contar, por ahora, aquí no ha pasado nada. Así quede el murmullo de los rezos obsesivos de la madre del gato quebrando el silencio.


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