Irenismo

Es una mesa rodeada de universitarios engreídos y listos, tomando tragos. Uno de ellos levanta la mano y llama al mozo de un chasquido «¡Oye!» le grita, «limpia la mesa y trae tres más, rapidito que estoy con sed»; sus amigos se miran, luego esquivan; nadie dice nada… para no importunar.
—¿Dónde está el beneficio de no denunciar una grosería, una presunción?
—En llevar la fiesta en paz, pero…
—Shht, ¡Calla! no seas imprudente.
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Mi padre era un abusivo, quizá fue su generación, la vida militar, o ignorancia.
¿Cómo se pretende corregir un error si falta confianza, para hacerlo notar?
Nos azuzaba a realizar las cosas como a soldados; limpiar la casa, un partido de ajedrez, al monopolio; cualquier labor en la que cogiera la batuta, era tortuosa. No faltaban insultos, y no se medía frente a los más jóvenes, pero si ante otros adultos. Por eso sé que era un abusivo. No teníamos muchas visitas, o amigos en casa y los afortunados huían despavoridos, rara vez regresaban.
Pero su trato cambiaba con quien lo enfrentara sin doblegar. Lo común en un abusivo. Me entrené toda la vida para perderle el miedo y enfrentarlo, con riesgo de convertirme en algo peor.
Conozco la mirada cómplice de los que temen importunar, desde muy niña; es fugaz cómo la mala acción que dejamos pasar. Si los signos con los que se comunica la manada son tácitos en su acción; sería virtual decir que obedecen al gen egoísta. «No te metas» ó a una falsa paz.
Hoy mi padre y yo somos buenos amigos. No nos veremos mucho,  las personas territoriales no podemos darnos ese lujo. Sin embargo nos amamos mucho, es tácito igual; cómo que ahora yo sé quien es él, y a su vez, él sabe quien soy yo.
Lo que no sabe, es que por fin ha trascendido.

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